Un personaje muy complejo

            Ese día, el buen Dios amaneció
entusiasmado: iba a crear un personaje muy complejo dentro de la elaborada
trama de seres diferentes.

 

Tendría que ser alguien que se pareciera a los
sacerdotes, aunque con el ánimo distinto de vivir en el mundo, para el mundo, y
de no trabajar gratis.

 

La disposición y el funcionamiento de sus oídos
seguirían un diagrama específico: estarían conectados directamente al cerebro,
a la parte destinada al razonamiento puro y tendrían el don de desconectarse de
todo sonido que no fuera la voz de su paciente. Tendrían una gracia especial
para escuchar.

 

Debería tener una dosis especial de sentido común
y una renuencia irremediable a encasillar a su paciente dentro del encuadre
teórico y absoluto de sus maestros. Consideraría que cada paciente es un mundo
sui generis con variables infinitas y que a algunos los había dañado el vuelo
de una hoja en la tormenta, mientras que otros se habían derrumbado a la muerte
de su perro.

 

La lengua también sería especial y específica y
tendría prohibido funcionar sin conectarse directa, invariable y
conscientemente al cerebro, ya que ambos funcionarían estrechamente unidos.
Sería, además, una lengua silenciosa, carente del afán de diálogo implícito en
todos los seres humanos.

 

Su memoria sería como la diosa Jano, con dos caras
opuestas: Fotográfica para recordar palabras, sentimientos y expresiones
faciales y a la vez, tendría que autocancelarse fuera del consultorio.

 

Sería un ejemplo de discreción, similar a los
sacerdotes en el aspecto de que habría de llevarse a la tumba las confidencias
de sus pacientes.

 

Habrá que instalarle en el cuerpo una antena
especial para dotarlo de una percepción parecida a la de las pitonisas y
adivinadoras del futuro. Ostentaría un elevadísimo interés por los demás, con
la salvedad de que ese interés jamás brotaría del alma, ya que si su corazón se
enredaba con el de su paciente, se hundirían juntos. Sería un interés ciento
por ciento intelectual.

 

Sus ojos… ¡ah, esos ojos serían como los del médico!:
Verían al paciente con pureza científica sin enviar a sus ingles la información
del sexo.

 

Tendría también la facultad de permanecer inmóvil
y atento como un cazador por no menos de cincuenta minutos… ¡claro!: Y habría
que dotarlo de una vejiga extragrande que lo enviara al baño con la menor
frecuencia posible.

 

Su facultad para respetar a sus pacientes habría
de tener muchas facetas: Entre ellas, la de considerar que el miedo o la
rabieta no son manifestaciones de estupidez sino de  sufrimiento para quien las experimenta. Jamás
sonreiría irónicamente, ni por fuera ni hacia adentro, cuando alguien le
confiara entre lágrimas que lo aterrorizaba la proximidad de un perro o una
mariposa.

 

Sí, eso sería el médico de mentes, al principio de
los siglos lo conocerían como brujo, exorcista, devorador de pecados, más
adelante recibiría su denominación real:
El
Psicólogo
.

 

Sería también el campeón de la vida y de la
libertad, porque tendría en la punta de sus dedos las vidas de sus pacientes
con inclinación al suicidio, y entre sus manos la libertad de muchos otros, no
sólo los presos en la angustia, sino también los encerrados entre los muros de
los manicomios.

 Ese día de la creación, el buen Dios trabajó hasta
que los luceros se encendieron en el cielo.